En busca del spot perfecto en Perú, por Jalou Langeree

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By: Kitespain Magazine

Perú es uno de esos lugares en los que un único elemento destaca por encima de todos, y en este caso es el majestuoso Machu Picchu. Allí estuvo la rider holandesa Jalou Langeree, pero no buscaba montaña sino olas y buen viento para hacer kite, así que a pesar de su aventura como montañera, recorrió las costas peruanas disfrutando de su gente, su agradable clima y de algunos interesantes spots antes de volver al crudo frío que le esperaba en su tierra natal.

“Puede que el invierno llegue de nuevo, pero a partir de octubre prefiero el clima más caluroso. Para empezar pasé un mes en Indonesia y cuatro días después de haber regresado a casa ya había partido de nuevo en busca del viento, sólo que ahora en otra dirección, Perú.

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Si alguna vez quieren ir a Perú, les doy un consejo: no viajen por Iberia, a menos que tengan mucho dinero que gastar, ya que me hicieron pagar la módica cantidad de 150 euros por cada bulto extra. Y eso sí que es demasiado gasto antes de haber empezado siquiera el viaje.

Pero bueno, problemas aparte, llegar a Lima volvió a reanimar mi espíritu. Había llegado a la tierra de las “left handers” (olas de izquierda) más largas del mundo. ¡Qué más podía yo desear!

Pasé mis primeros días en Perú alojado en un hostal relajado y con mucha onda, justo en el Kennedy Park: “The Flying Dog”. Está ubicado en el distrito de Miraflores, en Lima y lo cierto es que al estar en uno de los barrios más seguros, todo resultó fluir de maravilla.

La playa me quedaba a tan sólo diez minutos caminando del hostal y tenía un excelente lugar para principiantes, justo al lado del muelle. El color y el olor del agua del mar, tan parecidos a los del Mar del Norte, me hicieron sentir como en casa de inmediato; mi único requisito sería un wetsuit de 3/2.

Desafortunadamente, el tiempo no me permitió otra cosa más que admirar la hermosa costa y los inmensos barrancos proliferados por los paragliders locales. En lo alto de estos barrancos me encontré con el centro comercial Larcomar, donde disfruté de un gran festín en el café Mango por menos de 25 euros. Era de ambiente “chic” y con unas vistas impactantes que intensificaban mi emoción de estar allí, al tiempo que saboreaba un delicioso brownie de chocolate con una bola de helado de vainilla encima.

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Aun no hablando español, todo el mundo se portó siempre amigable conmigo. Las calles de Lima están siempre limpias, al menos en Miraflores, donde pude percibir lo mucho que su gente trabaja por mejorar sus casas y su ciudad. Pero aun con todas estas maravillas, al no considerarme un amante de la ciudad, no tardé mucho en partir.

Siguiendo las recomendaciones que había recibido días antes, me dirigí hacia Cuzco, donde me esperaba una ciudad llena de historia y más de 3.400 metros de altura en un lugar impactante: Machu Picchu, del cual me habían hablado maravillas. ¡Y sí que sentí la altura cuando al tratar de subir las escaleras me quedé sin aire a mitad de camino! Menos mal que tenía dos días para acostumbrarme a esos niveles de oxígeno antes de partir a mi expedición de cuatro jornadas por el camino Inca.

Los cuatro días que tardé en escalar el Camino del Inca me hicieron sentir como si hubiese escalado la Montaña de la Mesa en Sudáfrica, parecía como si el camino no tuviese final.

El segundo día fue mucho peor, ya que tuvimos que subir lo que me parecieron miles de escalones bajo un calor abrumador, aunque realmente no me puedo quejar, nos trataron como reyes. Venían con nosotros quince ayudantes que nos cargaron las tiendas de campaña, la comida y hasta parte de nuestro equipaje, me quito el sombrero por el trabajo de estos amigos. El secreto consiste en ir masticando hojas de coca todo el camino y tomando grandes cantidades de agua y cafeína, lo cual les proporciona la suficiente energía para llegar hasta arriba con todo ese cargamento.

Así fue como cuatro pesados días de mucho escalar y poco dormir nos llevaron hasta Machu Picchu, desde donde pudimos apreciar las vistas más impactantes, sobre todo después de haber llevado a cabo semejante tarea. Ahora entiendo por qué los españoles nunca encontraron este lugar.

El sitio está llenos de turistas, que no sólo llegan por hordas, sino que ni siquiera se toman el tiempo de realizar la experiencia completa y lo hacen directamente en tren, dirigiendo miradas de extrañeza al vernos que llegábamos caminando sucios, sudados y llenos de polvo. O tal vez nuestras caras llenas de satisfacción por haber logrado semejante odisea les hizo sentirse algo flojos.

Con mi certificado del Camino del Inca en el bolsillo, me dirigí de nuevo hacia el mar tomando un taxi desde Trujillo en dirección a Huanchaco, a diez horas de Lima. Ya se imaginarán el shock que tuve al encontrarme de nuevo en una playa desértica después de haber estado tantos días en medio del barullo de una ciudad latina.

Huanchaco me recordó a Marruecos, pero no tenía tiempo que perder, así que saqué mi tabla de su bolsa para mi primera sesión de olas en Perú. El sitio tenía nada más y nada menos que ocho rompimientos, lo cual, como se podrán imaginar, llenó mi alma de felicidad.

El pueblo está lleno de vida, con muchos bares y restaurantes, y fui a caer en un Chocolate Bar de una alemana que, si algo sabe, es preparar manjares. Incluso organiza horas del té increíbles todos los jueves por la tarde.

A la hora de hospedarse, el más barato es el hostal ‘My Friend’, aunque yo me consentí un poco más y opté por quedarme en el ‘Naylamp’ por siete euros la noche, el cual recomiendo.

Pero a pesar de que Huanchaco es muy bonito, no es posible hacer kite, así que me tuve que mover al norte de la costa para tener mi primer día de kitesurf en Pacasmayo.

Tras mi paso por Huanchaco decidí que era el momento de ir en busca de la ola más larga, así que partí, o a decir verdad, partimos, ya que para entonces había juntado a un grupo de aventureros entre los cuales figuraban una coqueta camarera francesa, dos profesores de esquí, también franceses, y dos australianos: una enfermera nómada y un tío enfrentando su “crisis de la mediana edad”, además de un querido amigo de Noordwijk, Holanda. Ya se podrán imaginar la mezcla tan divertida de gente nueva…

El lugar, Chicama, me resultó bastante gris y las olas no estaban en su mejor nivel, les faltaba mucho “punch”, más fuerza. Supongo que habrá sido mi mala suerte. Pero no me puedo quejar mucho, ya que la marea nos permitió navegar por largas horas, es más, seguro que las olas de este sitio presenciaron mi ride más largo. Así que, con un poco de suerte seguro que lo podríais pasar muy bien. El único inconveniente es que la corriente es bastante fuerte, así que tenéis que remar duro para permanecer en el mismo lugar.

Tras dos días de olas en Chicama, de nuevo sentí la necesidad de moverme, había mucho kite por realizar. Ya estaba presentando síntomas de abstinencia, así que, sin pensárnoslo dos veces nos fuimos hacia Pacasmayo, un lugar mucho más vibrante, con mucha onda. El año pasado hubo una KSP aquí, así que las condiciones parecían prometedoras. Una vez allí, el viento nos volvió a decepcionar de nuevo, no se podía más que hacer surf y surf.

Al día siguiente el viento subió a veinte nudos, aunque un poco retirado de la costa. Prometía pero no se veía ningún rider cerca, por lo que dudaba un poco si adentrarme solo en un lugar nuevo. Esperé a hacer nuevos amigos en la comida, esta vez fue una pareja de riders canadienses y con ellos comencé mi primera sesión de kite peruano. Las olas eran pequeñas, por lo que tras 45 minutos en el agua, había tenido suficiente. Bueno, al menos lo intenté.

A la mañana siguiente las olas habían desaparecido por completo y el pronóstico no auguraba buenas noticias, por lo que emprendimos el vuelo hacia Lobitos.

Un viaje en camión de nueve horas nos llevó a Talara, un pequeño, apestoso y caótico pueblo en el cual la gente corría de un lado a otro en “tuktuks”. No había nada que llamara nuestra atención en un principio, pero una vez que nos adentramos, nos llevamos una gran sorpresa, ya que su grandeza interior era impactante. Como bien sabíamos, Talara no tiene fama de ser un lugar seguro, pero nuestra estancia fue placentera y sin percances.

Me hospedé en el ‘Hostal Relájate’, justo enfrente de la playa. Mi primera impresión de Lobitos fue bastante favorable, al menos había buen viento, de lo que no me había percatado era que estaba literalmente en medio de la nada; el supermercado más cercano estaba a media hora de allí. Por suerte, nuestra cocinera local, Cecilia, nos preparó un repertorio nada variado y bastante grasoso de pollo y arroz con unas cuantas verduras por almuerzo y cena. Pero bueno, basta de quejas, que las condiciones por fin eran favorables: el oleaje era mucho más alto y mucho más rápido que los sitios en los que habíamos estado antes. Y como podréis imaginar, mucha más gente, la señal perfecta de que estábamos en el lugar correcto.

Mis colegas franceses fueron los primeros en salir enojados del agua porque los otros riders constantemente se les metían por medio. ¡Por eso digo que hay que olvidarse de hacer kite en días con olas tan buenas, hay demasiados surfistas en el camino, y siempre resulta que todas están ocupadas!

En lo que concierne al viento, en Lobitos es muy predecible, se levanta a las once de la mañana y vuelve a caer a las cinco, un poco racheado. La mayor parte del tiempo usé mis kites de siete o nueve metros, eso siempre funciona.

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Acabé quedándome en Lobitos durante dos semanas y sólo tuve dos días sin viento. Desde la ventana del cuarto de mi hostal podía estar al tanto del oleaje para no perderme ni una sesión, lo que resultó fenomenal. Además había fotógrafos por todas partes; si necesitan uno bueno, pregunten por Salah, todos lo conocen allí.

Pero aunque estuvo bien mi estancia en Lobitos, no me quedé satisfecho, las olas podrían haber sido más grandes, pero bueno, ya se sabe, las olas siempre podrían ser más altas…

La siguiente parada, a menos de una hora de Lobitos, fue Mancora, un pueblo realmente dedicado a la fiesta como pocas veces he visto. Si no les importa compartir olas, el surf es razonablemente bueno, pero la verdad es que yo no estaba de humor para tumultos, al menos en el mar, lo cual no significó que no saliera de fiesta pues debía compensar los días de austeridad nocturna en Lobitos. Me parecía un lujo tener tantos restaurantes donde elegir de nuevo, aunque les recomiendo: ‘Beef House’.

Mi viaje por Perú terminó en un camión de máximo lujo, con los asientos más grandes que haya visto jamás, más grandes que los de primera clase de cualquier avión, por lo que las doce horas que me tardé en llegar a Lima no me supieron nada mal.

Y aunque les dije que no me gusta el frío, me encuentro de nuevo sentado aquí, bajo los fríos vientos Holandeses. Son temperaturas demasiado bajas para mí, así que habrá que partir de nuevo muy pronto”.

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